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miércoles, 5 de junio de 2013

¿Y ahora qué?

Cuando estudiaba para el primer y último final que di para convertirme en Licenciada tuve una revelación. O mejor dicho, Jean Paul Sartre tuvo una revelación  y yo me topé con ella castigando a mis neuronas con filosofía. Para Sartre no existe absolutamente nada que nos determine. Las personas no tenemos condiciones biológicas, culturales, sociales, o históricas que nos definan. Somos lo que hemos decidido ser. Porque para este señor de mirada extraviada el hombre es libertad. Hasta acá estaba entretenida, pero no me convencía. Después el filósofo explica que hay tres consecuencias con las que debemos lidiar por el hecho de ser la expresión máxima de la libertad: la angustia, el desamparo y la desesperación. Nada prometedor.
La angustia es la más importante. Sartre diferencia angustia de miedo. El miedo nos surge ante un peligro concreto y nos provoca la sensación de que algo nos puede hacer daño. La angustia no.  No aparece por motivos concretos, no es provocada por algo externo. La angustia es el miedo a uno mismo. Es el pánico que nos provoca decidir y las consecuencias de esas decisiones. En resumen, cuando nos damos cuenta de que somos libres, nos angustiamos.
Listo. Ahí fue cuando me convenció. Durante meses me sentí al borde de la desesperación porque no tenía idea de qué hacer con mi futuro. A un paso de recibirme de Licenciada, me atormentaba la misma pregunta ¿y ahora qué? Y  más preguntas ¿Qué se supone que haga?, ¿Me quedo acá o me vuelvo a mi pueblo? ¿Y si no consigo trabajo? ¿Y si consigo, pero no es de lo mío, de lo que estudié, de lo que me apasiona? ¿Y si consigo de lo que me apasiona y no soy buena? Pensar con miedo. Pensar por miedo.
Y ahora qué. No sé. ¿Soy la persona que quisiera ser, que pensaba ser, que podría ser? Cada decisión, cada acción, cada omisión me va a convertir en alguien que un día va a mirar para atrás y puede pensar: “bien, lo hiciste bien”… o no.  
Angustia.
Sartre seguía: La angustia aparece al sentir­nos responsables radicales de nuestra propia existencia. Cuando entendemos que somos libres tenemos que asumir  que lo que somos y lo que vamos a ser depende sólo de nosotros mismos. No hay excusas, no hay culpables. El éxito o el fracaso son nuestra responsabilidad. Atrás quedaron los tiempos en los que mamá decidía por mí  que fuera a la escuela, que volviera a casa antes de las 12, que ayudara a limpiar los sábados.  Atrás quedaron mis imploraciones por irme a estudiar, a vivir sola, por ser libre.  Atrás quedó todo eso y un cartel luminoso me grita en la cara ¿Y ahora qué?
Quiero ser una persona extraordinaria y todos los días vivo ordinariamente. Cada día me atormenta la pregunta de si estaré haciendo lo necesario ¿Estoy corriendo atrás de mis sueños y ambiciones o estoy parada en una esquina mirando para todos lados, asustada, paralizada? Tengo 25 años y  me sobreviene la sensación de estar desperdiciando cada día de mi vida. Desechando con desprecio cada segundo en el que se supone debería estar convirtiéndome en  alguien… ¿en aquello que debería ser? Después de todo Messi a los 22 años era el mejor jugador del mundo.
Jean Paul Sartre diagnosticaba también el desamparo. Cuando decidimos, decidimos solos con nuestra alma. No hay forma de escapar. Tenemos que elegir, siempre. Incluso abstenernos es una decisión. Nadie nos puede rescatar y hacerlo por nosotros. No cabe refugiarse en la excusa de la fuerza de una pasión, o de la presión de una circunstancia o de la autoridad. Somos libres, estamos condenados.
Muchas veces discutí con “adultos” de la generación que nos precede sobre los desafíos de ser los jóvenes del nuevo milenio. La mayoría tiene otra visión. Desde su punto de vista somos privilegiados, tenemos un mundo servido en bandeja en el que podemos decidir qué, cómo, dónde estudiar. Podemos elegir nuestro futuro de una forma que su generación nunca pudo. Y ahí está la trampa. Elegir.
Suena a “te quejás de llena”. Pero cada vez que hablo con alguien de mi edad escuchó los mismos relatos repetidos, las mismas angustias. Para la generación de mi mamá el futuro traía consigo algunas certezas: no podés irte a vivir solo si no te casás, no podés ir a estudiar a la universidad, vas a trabajar de lo primero que consigas. A mi edad mi mamá trabajaba en la empresa en la que ya lleva casi treinta años, estaba divorciada, y criaba sola a su hija.  Cuando elegimos, lo hacemos con las historias de nuestros padres a cuestas, con sus expectativas y sus sueños hechos realidad en nosotros.  Cargamos en nuestra espalda con la responsabilidad de contar con todas los privilegios para elegir bien. ¿Y si elegimos mal?
Por último, Sartre sentencia que la libertad es desesperación. Sí o sí debemos comprometernos con algo, debemos elegir nuestro ser y nos puede ir mal. Las cosas no nos salen por el simple hecho de habernos propuesto hacerlas. Sólo contamos con lo que depende de nuestra voluntad, pero el mundo no necesariamente se acomoda a nuestros deseos. Puede fallar.
El 31 de diciembre del 2012 hice un balance sobre el año que pasaba y las expectativas para este 2013. Me preguntaba que podía sacar en limpio de tantas preguntas, miedos y expectativas: “Fue un buen año. En el 2012 pasaron cosas, muchísimas cosas y que las cosas sucedan es lo que uno espera.” 
Una vida, la vida, son tantas cosas. El lugar, los sueños, el amor, los proyectos, los amigos, la familia. Cambian con el tiempo, cambian conmigo. Por ahí la pregunta no es ¿en dónde tengo que estar? o ¿quién quiero ser? La pregunta es ¿cómo? Construir, apostar, aguantar, desear, hacer, aprender, disfrutar, confiar. 
También hice suposiciones sobre este año, que esa noche cuando me senté a monologar conmigo misma recién empezaba, y puse algo que me sigue dando vueltas como una predicción: “Se lo que espero pero confío en todo lo que no espero.” El tiempo me demostró que a veces las elecciones no funcionan como una cuenta matemática: elijo blanco y tengo blanco. Nuestra voluntad debe estar enfocada, debemos saber qué es lo que queremos y arrojarnos al mundo en esa dirección y las cosas suceden. No como planeamos, pero a veces lo que no planeamos es mucho mejor.


Walt Whitman dice en uno de sus poemas “disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante”. Lo estoy intentando.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La respuesta

Ser hija única está bastante sobrevalorado. En la práctica no es todo atención, caprichos y amor incondicional.  Es más bien, exceso de atención y soledad. Es bastante duro no tener a nadie a quien echarle la culpa de tus metidas de pata, ni poder hacerle la vida imposible a ese alguien para mitigar el aburrimiento, ni compartir juntos la injusticia de tener padres que te dicen todo el tiempo qué hacer. No tengo idea de como me sentiría  con ese hipotético hermano (siempre lo imagine en masculino y más grande), pero pienso que hay algo de incondicionalidad en los vínculos fraternales. Están a pesar de todo. Por eso, que los regalos fueran sólo para mí no es un beneficio tan emocionante, comparado con la certeza de que, por ejemplo, ninguna vocecita infantil me va a decir en ese tono tan de chillido que tienen los niños: hola tía. 
Ser hija única siempre será una tarea bastante solitaria. Por suerte crecí y me di cuenta que el mundo excede las fronteras de la familia; ese descubrimiento trajo, casi al mismo tiempo, otro: el mundo no significaría nada sin mi familia.
La cosa es que, desde que tengo conciencia tuve esa sensación de soledad. No sé si tiene que ver con ser hija única, tal vez estoy sobrevalorando eso de tener hermanos. En fin, a pesar de haber estado siempre rodeada de personas, me sobrevenía esa sensación de incomprensión constante, de vacío existencial. Así fue como empezó mi relación con la escritura. La adolescencia te vuelve loco, te hace subir y bajar como si estuvieras drogado todo el tiempo, eso sumado mi sensación de eterna Eva en un planeta sin Adanes, me llevaron a inventarme un interlocutor que escuchara todo, no juzgara y me diera la razón siempre. Una especie de amigo invisible (que nunca fui capaz de tener por mi falta de imaginación) en el que podía confiar lo suficiente como para sacarme la basura de adentro sabiendo que no iba a salir corriendo por el olor. Empezó con el típico diario íntimo. Empezó con planteos del tipo “mi mamá se enojó conmigo así que la odio.”  Después no cambió mucho, pero se convirtió en algo más que una necesidad. O al menos quiero que sea algo más que eso, porque realmente me gustaría que hubiera un propósito un poco menos tonto. La gracia de haber escrito todo este tiempo fue que era algo mío, era un espacio en el que podía expresar mi patetismo descarnado. Algo que ciertamente no se le muestra a la gente con la que pretendés tener una relación de respeto mutuo.
Este último tiempo estuve creyendo, de a ratos, que tal vez algún día llegue a ser una escritora respetable. Seria. Nada de cursilerías adolescentes, de patetismos, o amores platónicos. Pero de alguna forma, antes necesito compartir esta especie de diario íntimo con el mundo.  Es una forma rebuscada de dejar de estar sola con mi soledad. Es una vuelta de tuerca, en la que comparto mis peores miserias, mis sentimientos más íntimos, mi verdad y mis miedos al mundo. Un mundo que posiblemente nunca se entere. La cosa es que   esto dejó de ser una novedad hace mucho tiempo: gente escribiendo sus intimidades en la web. Trillado. Además, seguro el mundo tiene otras cosas por las que preocuparse. Así que convengamos que lo hago por mí, imaginando que tengo algo que contar, y que las palabras me van a hacer sentir menos sola, menos perdida. Este blog es un intento por superar el pánico a la hoja en blanco que es mi futuro. Un ejercicio, un ensayo, un forma de encontrar las respuestas a tantas preguntas.